¡Locura y sobriedad! (Mi Crónica/Luís Orozco)

Lo vivido en el Estadio Olímpico de Kiev será recordado por la sangre, ya que si en un partido de futbol suele ser el sudor lo que riega la zona verde, es el rojo tejido liquido lo que salpica cada rincón de los campos de batallas, y hoy la capital ucraniana, fue el terreno donde Inglaterra e Italia lucharon con todas sus armas hasta más no poder; y solo el azar, representado por la decisiva tanda de penales, tendría la última palabra en un duelo que quedara en el recuerdo.

Ya en el túnel de entrada, ambas selecciones esperaban ansiosas la orden del árbitro Pedro Proença para ingresar al terreno de juego. Los jugadores se miraban fríamente, los capitanes animaban a su pelotón, a sabiendas de que el miedo y las dudas habrían de arrancárselas en esos tensos minutos. No era una noche para cobardes, ambos equipos sabían que lo que vendría a continuación seria de garra y coraje, del indecible sufrimiento que precede la inmortalidad.

Al sonar los himnos nos dimos cuenta que la batalla seria épica, italianos e ingleses gritaron a los cielos de Kiev y toda Europa, los versos del “Il canto degli italiani” y el “God save the queen”, para luego tomar sus posiciones, e iniciar lo que sería el mejor partido de la Eurocopa hasta los momentos.

Ambos salieron en tromba, con puños y dientes apretados, con rápidas transiciones y en constante búsqueda del arco rival, llegando a su punto culminante en dos oportunidades seguidas de ambos equipos, cuando Daniele De Rossi dispararía al palo una extraordinaria volea, y Glen Johnson un remate a bocajarro que atajaría de manera  felina, el capitán y guardameta italiano Gianluigi Buffon.

Los primeros minutos de la primera parte mostraría a una Inglaterra atacando incesantemente al cuadro azurro, partiendo de la conservadora táctica de empezar buscando un gol para luego replegarse. Mientras que los italianos, certificando su revolución futbolística, aplicarían una ofensiva constante, intentando arrinconar a los “pross” a su propio arco, confiando en la brújula de Pirlo y la pólvora de Balotelli.

Ambos jugadores serian protagonistas de una acción cometida en el minuto 25, cuando el bohemio centrocampista de la Juventus, lanzaría un precioso pase largo al polémico delantero del City, que al controlar majestuosamente, intentaría lanzar una vaselina que fue repelida por el marcador inglés John Terry. Partido de alto voltaje.

Múltiples ocasiones ocurrirían luego de esta, italianos e ingleses batallarían salvajemente como antiguos gladiadores en un combate en el cual, el gol significaba la herida mortal. Primero Wellbeck, luego Cassano, y poco antes del final Balotelli. Una primera parte disputada de principio a fin, solo interrumpida cuando el arbitrio señalizo el descanso, siendo lo único decepcionante hasta ese momento.

La espada, el escudo y el azar

SI pudiera resalta algo de la batalla campal protagonizada por italianos e ingleses, sería el hecho de que fueron fieles a sus métodos, sin traicionar en ningún momento sus formas, convencidos de que a partir de ellas lograrían la victoria. Fue así como en el segundo tiempo, ambos mostraron sus cartas, y no cambiaria sino hasta cuando el árbitro decidiera.

Lo que vimos en este segundo capítulo seria una cátedra de ataque y defensa, la afilada  espada llevada por la azurra y el impenetrable escudo sostenido por los “pross”. El primer golpe fue a través de un tiro libre que por alguna razón inexplicable fallaría De Rossi frente a la meta de Joe Hart.

Pocos minutos después volverían atacar los italianos a través de una triple ocasión, malograda nuevamente por el centrocampista romano, seguido de Balotelli y Montolivo.

Cada detalle y minuto de esta segunda mitad nos haría entender la delgada línea que dividen a los hombres de los héroes. Italia bombardeo una y otra vez el área inglesa, mientras que estos resistían, causando peligro en los contragolpes aprovechados por los espacios que dejaba la retaguardia azurra. Cada selección lo intentaría hasta el final. Cada jugador entregaría su vida por la victoria, todos se harían eternos. Así finalizo el tiempo reglamentario.

Lo ocurrido después fueron 30 minutos divididos en dos partes, tiempo en el cual los combatientes cedieron ante el inminente riesgo de que cualquier mínimo error significaría el entierro. De todas formas, apenas podían mantenerse de pie. Y moría el partido, la suerte decidiría la vida y la muerte, el pulgar en alto para un solo equipo.

El azar seria representado por doce pasos que separan el arco del punto de cobro, doce pasos que separaban el presente del futuro. Así son las tandas de penales, un bizarro universo en el cual uno ya no es dueño de su propio destino, y por lo cual, no siempre vence el equipo que haya hecho más meritos. Una verdadera lotería

Era un duelo psicológico, técnico y de coraje, mientras los jugadores juntaban arengas para drenar la presión, los arqueros permanecían encerrados en su hermético interior, a sabiendas que solo la frialdad y la concentración los haría indestructibles, impenetrables. Solo uno podía ganar

Ambas selecciones marcarían su primer tiro, pero cuando Montolivo fallo su penal, y Rooney convertía el segundo para los ingleses, muchos pensábamos que ya todo estaba escrito, sin embargo, la forma en la cual Andrea Pirlo ejecuto el segundo tiro, siendo una combinación entre locura y sobriedad, picándola por el medio ante un Joe Hart lanzado a su derecha, hizo pensar que cualquier cosa podría suceder. Y así fue

Ashley Young pegaría su tiro al poste, y Buffon salvaría el penal ejecutado por Ashley Cole, Italia anotaría sus dos tiros, y solo faltaba Diamanti. El tiempo que transcurrió entre la carrera y el tiro fueron eternos, vimos a ambos equipos siendo testigos del desenlace, vimos a Hart intentando distraer con muecas en su rostro, hasta que el jugador del Bologna cobro raso al palo derecho. Italia celebraría en todo lo alto.

La selección azurri se haría vencedora de forma justa, de una batalla que si bien ambos pudieron ganar, fue esta quien más busco la gloria, quien nunca le fue infiel a un estilo que a pesar de no ser el propio, ha caído como anillo al dedo para dejar de ser la Italia que todos conocemos, convirtiéndose en la que todos esperábamos.

Inglaterra volvió a las largas ciudades grises, al naufragio que representa volver a casa con las manos llena de silencios, a la costumbre de sucumbir una vez más al miedo que simboliza el estar a un paso de la gloria. Al querer y no poder, a la historia de siempre.

Mientras Alemania espera en semifinales, se me viene a la mente aquella frase de que el futbol es la metáfora de una guerra, ya que por lo visto hoy, no sabré si es metáfora o sinónimo.

SANFRANCISCOSUR.COM/ LuisFrancisco Orozco